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Marguerite Duras - Escritora

Archivo: Noviembre 2006

27/11/2006 GMT 1

EL HORROR DE UN AMOR SEMEJANTE

odradek @ 20:11

Me dijeron: “Su hijo a muerto.” Era una hora después del parto. La hermana superiora fue a descorrer las cortinas, el día de mayo entró en la habitación. Yo había percibido al niño cuando había pasado ante mí, sostenido por la enfermera. No lo había visto. Al día siguiente, pregunté:”¿Cómo era?” Me dijeron: “Es rubio, un poco pelirrojo, tiene cejas altas como usted, se le parece.” “¿Está aún ahí?” “Sí, está ahí hasta mañana.” “¿Está frío” R. me contestó: “Yo no lo he tocado, pero debe de estarlo. Está muy pálido” Luego vaciló y dijo: “Es hermoso, esto debe ser también debido a la muerte.” Pedí verlo. R. me dijo no. Lo pedí a la madre superiora, ella me dijo no, que no valía la pena. Me habían explicado dónde estaba, a la izquierda del cuarto de trabajo. No podía moverme. Tenía el corazón muy cansado, estaba acostada boca arriba. No me movía. “¿Cómo tiene la boca.?” “Tiene tu boca”, decía R. Y cada hora: “¿Está aún ahí?” Decían “No sé” No podía leer. Miraba la ventana abierta, el follaje de las acacias que crecían en los terraplenes de la línea de ferrocarril, que bordeaba la clínica … Hacía mucho calor. Una noche, la hermana Margarite estaba de guardia. Le pregunté: “¿Qué van a hacer con él?” Me dijo: “No quisiera hacer otra cosa que quedarme con usted, pero hay que dormir, todo el mundo duerme.” “Usted es más amable que su superiora. Va a ir a buscar a mi hijo. Me lo puede dejar un momento.” Ella exclamó: “¿No lo dirá en serio?” “Sí. Quisiera tenerlo junto a mí una hora. Es mío” “Es imposible, está muerto, no puedo darle a su hijo muerto.” “Quisiera verlo y tocarlo. Diez minutos.” “No hay nada que hacer, no iré” “¿Por qué? “Le haría llorar, se pondría mala, es mejor no verlos en este caso, tengo experiencia.” Es pasado mañana, a la fuerza, me han dicho para hacerme callar: los quemaban. Era entre el 15 y el 31 de mayo de 1942. Dije a R.: “No quiero más visitas, sólo tú” Seguía tendida boca arriba, cara a las acacias. La piel de mi vientre se pegaba a la espalda, de lo vacía que estaba. El niño había salido. Ya no estábamos juntos. Él había muerto de una muerte separada. Hacía una hora, un día, ocho días; muerto aparte, muerto en una vida que habíamos vivido nueve meses juntos, que él acababa de dejar separadamente. Mi vientre caía de nuevo pesadamente sobre mí, una tela usada, un andrajo, una mortaja, una losa, una puerta, una nada. Había llevado a este niño, sin embargo, y había sido en el calor viscoso y aterciopelado de su carne, dónde había crecido este murto marino. El día lo había matado. Había sido herido de muerto por su soledad en el espacio. La gente dice: “No fue tan terrible al nacer, es mejor así.” ¡Fue terrible! Lo creo. Precisamente, eso: esta coincidencia entre su venida al mundo y su muerte. Nada. No me quedaba nada. Este vacío era terrible. No había tenido hijo, ni siquiera una hora. Obligada a imaginar. Inmóvil, imaginaba.
Este que ahora está ahí y duerme, éste, hace un momento, ha reído. Ha reído a una jirafa que acababan de darle. Ha reído y ha hecho un ruido de reír. Había viento y una pequeña parte del ruido de este reír ha llegado hasta mí. Entonces, he levantado un poco la capota de su coche, le he vuelto a dar una jirafa para que riera de nuevo y he hundido la cabeza en el capote para captar todo el ruido de la risa. De la risa de mi hijo. He colocado el oído contra la concha y he escuchado el ruido del mar. La idea de que esta risa se hubiera dispersado en el viento era insoportable. Lo he sabido. Soy yo, quien lo ha tenido. A veces cuando bosteza, respiro su boca, el aire de su bostezo. “Si muere, tendré esta risa.” Sé que puede morir. Mido todo el horror de un amor semejante.

(Marguerite Duras – Sorcières 1976)

20/11/2006 GMT 1

SE PUBLICA UNA NOVELA DE CADA CIEN

odradek @ 10:55

Hemos pedido al director literario de una importante editorial que nos ilumine un poco sobre este universo –por naturaliza completamente desconocido para el gran público- de la literatura virtual.

La literatura publicada supone sólo la centésima parte de la literatura escrita en el mundo. Se sitúa entre la más sabia y la más loca de éstas.

Es la primera vez que se oye hablar de este abismo, esta noche negra de la que nace, y a la que vuelve en su casi totalidad, esta “cosa rara”, la literatura.

Tragedia apasionante, a veces burlesca, pero siempre punzante. El director literario que ha tenido la extrema amabilidad de hablarnos de ello –lee desde hace dos años, a razón de un manuscrito al día- ha querido, con toda la razón, mantener el anonimato.

-¿Qué lección se saca de la lectura, desde hace años, de una gran parte de la producción literaria francesa

-En primer lugar, que todo el mundo escribe. La necesidad de escribir no está en absoluto vinculada a una condición social determinada ni a ningún grado de cultura. Se escribe en todas las clases de la sociedad. Los mozos de granja. Los empleados. Los obreros. Los generales. Los almirantes.

-¿Hay una distribución geográfica de la literatura en Francia?

-No, es a la vez muy dispersa, y muy igual. Se escribe por todas partes. Hay por lo menos un escrito virtual en cada pueblo. En una ciudad de 80.000 habitantes hay cuatro o cinco. En Orleáns, por ejemplo, sin contar las granjas aisladas. Cuando un lector atraviesa Francia, sabe que en tal ciudad, en tal dirección, vive un señor al que conoce muy bien sin haberlo visto nunca.

-¿Cuál es el porcentaje de la literatura publicada?

-Alrededor del uno por ciento. Noventa y nueve manuscritos de cada cien, aproximadamente, vuelven definitivamente a su autor.

-¿Es posible clasificar grosso modo esa monstruosa cantidad de material rechazado?

-Sí. Para empezar puede hablarse de una literatura en bruto. Ocupa el tercio de los manuscritos. Muchos jubilados, en esta categoría, jubilados de carreras llevadas a cabo en las colonias, precisamente, luego oficiales, funcionarios. Su defecto común es pensar: “Qué novela es mi vida”, y no saber distinguir lo que tiene un interés general y lo que no es más que un recuerdo de uso familiar. No logran dar a sus escritos un interés general. Muchos escriben con la idea de corregir lugares comunes que anidan en el espíritu del público.

“Junto a los jubilados, los filósofos reformistas. Hay muchos. Hablo de los autodidactas delirantes. Inventan sistemas muy coherentes que les exigen años de trabajo para su conclusión, y partiendo de los cuales se han de poder remediar todos nuestros males, llegar a tener una buen república, una buena moneda, un buen equilibrio moral, etc.

-El criterio, en esta subcategoría, ¿no resulta a veces delicado? ¿Por qué no ellos, antes que, por ejemplo, en su origen, Fourier y su comuna societaria…?

-Porque ninguno de éstos tiene en cuenta la realidad, por una parte. Y, por otra, porque son de una clara incultura, pero filosofante. Ignoran a todos sus predecesores. Cuanto más absurdo, más vehemente el autor, más persuadido de su genio. Son personas que deben hervir y hasta tal punto que no se pude pensar sin inquietud en su vecindad. Sobre todo, lo campesinos. A veces, uno piensa que incluso habría que advertir a la guardia rural que tuvieran cuidado con cierto individuo…

-Los autores de esta literatura en bruto, ¿desconocen a veces hasta los usos y costumbres de la edición?

-Con frecuencia. Hace unos años vino a verme un hombre para venderme un manuscrito. Quería hacer un poco de dinero, decía, porque dejaba a “la patrona”. Contaba con ese manuscrito, que llevaba en la maleta y pretendía vendérmelo, en bruto, acto seguido. Desde su punto de vista, la lectura era secundaria.

-¿Cuáles son los novelistas propiamente dichos de esta literatura bruta?

-Personas que hacen una literatura de instinto, como una literatura de plagio, o de imitación. Entre los primero hay mucha literatura autobiográfica, por supuesto muchas mujeres en el umbral de la vejez que cuentan su vida. El ajuste de cuentas, el restablecimiento de la justicia, la reparación del daños que se les ha hecho está en la base de su inspiración.

-¿Ninguna posibilidad de publicación?

-Ninguna, o bien ínfima. Ni en la literatura que duplica a ésta, la de imitación. En tanto que rural, procede directamente de las Veillés des Chaumières –no vacila ante el mayor sentimentalismo ni ante los golpes de efecto- sea en línea directa de Delly o de Paul de Kock. La que es también plagiaria, del lector de serie negra y del espectador de cine, tampoco tiene su oportunidad.

-¿Se puede, desde ese estadio, hablar ya de literatura?

-No con propiedad. Es a partir del estadio intermedio entre esta literatura en bruto y la verdadera literatura, cuando se puede hablar de ello. Pero la literatura en bruto cumple una función que la literatura editada no revela: da a conocer al autor hasta un punto extraordinario, lo pone al desnudo. A lo largo de estos manuscritos, se pueden encontrar de pronto escenas admirables (que son, en general, episodios de la vida del autor), de una plenitud y de una cadencia extraordinarias. Me acuerdo de una prodigiosa escena sexual, de cuatro o cinco páginas, del manuscrito de una mujer iletrada.

-¿Por qué, por cierto, y todos los lectores de manuscritos lo lamentan, no hace un libro de estas páginas?

-Porque el autor se tomaría sin duda a mal esta oportunidad “inconsciente”.

-¿Cuál es, según usted, el criterio de la categoría a la que llegamos, el de la calidad ya literaria?

-La inteligencia. La amplitud del relato. El dominio del caso particular por medio del estilo. A partir de ahí, el autor escribe lo que él es, y no lo que sabe.

-¿Son las subcategorías las mismas de antes, quizá?

-Sí, pero reforzadas y con talento. Se encuentra una literatura de compensación pero con otros modelos. Estos modelos cambian, por otra parte, con el tiempo. Los hay permanentes.

-¿Podría decirnos algo de ellos?

-Entre los temas permanentes, sobre todo El Gran Meaulnes. Ha hecho mucho daño. De él se deriva una literatura de angelismo, de poesía declarada: subcategoría completamente provinciana, universitaria. Hay modelos nuevos. La novela kafkiana, insolente por su abundancia, pero que ya se rarifica. Desde hace unos años, hay cantidades de novelas a lo Sagan, que pintan una juventud libre, a lo Saint-Germain-des-Prés, desesperada y amarga. De este tipo hay aún para cinco años, más o menos, pero ya empieza a pasar la moda. También existe la moda americana (1945-1950), que imita a imitadores ya publicados.

-Sin duda, hay una literatura propiamente urbana.

-Sí, la que se inspira en estos últimos modelos, dejando de lado a Alain-Fournier. Describe el aburrimiento de las ciudades, la soledad del individuo en la ciudad, su rebelión y su aventura.

-¿Existe una literatura de Toulouse y de Estrasburgo, más que de otro lugar?

-La raza de escritores, sabe usted, es una raza que anula las diferencias no solamente sociales, sino regionales. A grandes rasgos, a partir de la literatura, se descubre que la población de Francia es en su mayoría claramente rural. Pero dicho esto, sí, puede añadirse que ciertas ciudades producen libros de un tono específico.

-¿Lyon?

-Novela secreta, misticismo a fondo.

-¿Burdeos?

-Novela social. Mucho derrumbamiento del terreno ancestral. Pero si empezamos, hablamos también de la novela suiza, belga, etc.

-¿La novela suiza?

-Impresión excelente, muy buen papel. Tema noble, vaporoso, distinguido. Los lagos tienen siempre un papel en ella, al menos de decorado. La novela belga está menos cuidada.

-¿En qué tradición está la novela francesa, también grosso modo?

-En la tradición social de Balzac, sobre todo en su aportación provinciana. Olvido decir que una de las fuentes de inspiración más frecuente es la rebelión contra la generación precedente.

-¿Reciben ustedes muchas novelas del norte de África?

-Cada vez más. En África del norte se escribe en una proporción aún mayor que en Francia. Mientras la novela francesa está alejada de la actualidad política, la novela norteafricana y la negra, al contrario e inevitablemente, tiene siempre coordinadas políticas.

-¿Cuál es el punto común a toda literatura, buena o mala, el único?

-Es que escribir es una necesidad feroz, trágica, en los escritores y más, con frecuencia, en los malos que en los buenos. Es un empeño que exige a veces un esfuerzo moral extraordinario. El autor, para realizar la novela, se alimenta no sólo de su ocio sino de su oficio. Está siempre solo, sobre todo en provincias donde escribe para salir de la asfixia. Inútil decir que el rechazo es siempre algo horrible, a veces trágico. Rechazar un manuscrito, sobre todo un primer manuscrito, es rechazar un hombre entero, recusarlo.

-¿El milagro de un uno por cien?

-Sí. A veces se le reconoce inmediatamente; a veces hay que esperar varias páginas, pero es raro.

-¿Cómo los reconoce usted?

-La impresión súbita de tocar una tela distinta. Entonces se experimenta una alegría inmensa y temblorosa. No imagina usted lo que puede ser eso. Se avanza en la lectura del manuscrito temblando por temor a verlo decaer, y a romperse de pronto. Cuando llega al final, se experimenta un orgullo, sí, un orgullo estúpido a decir verdad, porque es el azar el que le ha hecho descubrir a uno ese libro y no a otro. Se anuncia a todo el mundo.

-¿Lee usted todo los libros hasta el final?

-Sí, todos, y hasta el final, puede usted afirmarlo, y por desgracia, casi nunca se produce una equivocación. Ninguna recomendación vale, ninguna trampa. Estamos condenados, por las condiciones de la edición, a ser concienzudos.

(Marguerite Duras France Observateur 1957)

PARIS CANALLA

odradek @ 10:54

Lucie Blin, 71 años.

Acaba de comparecer por cuadragésima vez ante el Tribunal del Sena.

Objeto principal de inculpación: robo (en escaparate).

Esta cuadragésima vez se trata de dos combinaciones, en el Almacén del Louvre (la ropa interior es lo que es más fácil). Devueltas, le valen sólo cuatro meses.

71 años, pues, Viuda desde hace treinta años.

Once hijos, de ellos siete vivos.

No sabe ni leer ni escribir.

Oficio: vendedora ambulante de flores sin autorización. Una fatalidad en la familia. Su padre y su madre lo eran ya. Sin embargo, con o sin autorización, siente hijos educados. Ni uno en la Asistencia pública. Tan “educados” que no la quiere ver. “Yo los comprendo”, dice.

Condenada a veinte años de prohibición de residencia por reincidencia en robo, sin embargo, nunca dejó París ni un solo día. Fuera, estaría perdida.

Flores, desgraciadamente, no las hay durante todo el año. Entonces ella se resigna al robo. “No puedo hacer otra cosa –dice- es imposible” Entonces, lo hace. Luego a al tribunal, como tras de visita. Le piden que confiese. Ella confiesa sin vergüenza, como sin cinismo: una testificación, yo robo. Por vigésimo quinta, trigésima, cuadragésima vez, espera a que eso pase, sin una palabra más en su defensa, sin educación pero también sin injuria, sin gratitud para con la abogada que la defiende de oficio.

-Déjeme hacer a mí, más bien conozco el percal –rechazando su oferta de ayuda, rechazando todo compromiso con la honrada.

No tiene tiempo que perder. 71 años. Hay que ir deprisa. Y calcular. Ella calcula. Sí, conoce el percal. París es una jungla, lo conoce como una gata vagabunda conoce la noche de los tejados, al igual que la justicia y se desliza en ella reencontrándose a sí misma. Y cuatro meses aquí, seis meses allá, lleva su barca, navegando contra los vientos desfavorables. Como. Y vive.

- El trabajo, estoy acostumbrada. En la cárcel o fuera, no cambia mucho la cosa. Limpiar los entarimados de la Central, o hacer lo Halles a las cinco de la mañana.

Volverá a empezar, ya que no tiene ganas de morir. Imposible, imposible hacer otra cosa. Y comerá. Y por cuadragésima vez “ellos” se quedarán sin su domicilio. “Amigos –dice- no voy encima a meterlos en un lío. Esto es lo principal.

(Marguerite Duras France-Observateur 1957)

LA PALABRA LILAS CASI TAN ALTA COMO ANCHA …

odradek @ 10:50

Germaine Roussel, 52 años, nacida en Amiens, obrera en una fábrica metalúrgica de la región parisina, vive en Romainville desde hace once años. No sabe leer, ni escribir. Se educó en la Asistencia pública, Lugo se colocó en casa de unos granjeros de Somme, y terminó obrera en una fábrica, madre de dos niños y sola para criarlos. Nunca tuvo “ocio” para recuperar el tiempo perdido. Hemos intentado vencer nuestra timidez ante Germaine Roussel para lograr que nos describa su universo o, si quiere, como ella mima lo llama, su enfermedad.

-¿Hay palabras que usted reconoce sin saber leer?

-Hay tres. Las palabras de las estaciones de metro que tomo todos los días: Lilas y Châtelet, y mi nombre de soltera: Roussel.

-¿Las reconocería usted entre muchas otras?

-Entre una veintena, creo que las reconocería.

-¿Cómo las ve usted, como dibujos?

-Digamos que sí, como dibujos. La palabra Lilas, es tan alta casi como ancha, es bonita. La palabra Châtelet, es demasiado alargada, me parece menos bonita. Es muy diferente a la vista de la palabra Lilas.

-Cuando se ha encontrado usted intentado aprender a leer, ¿le ha parecido difícil?

-No puede usted hacerse una idea. Es algo terrible.

-¿Por qué principalmente?

-No lo sé muy bien. Quizá porque es tan… pequeño. Perdóneme usted, es natural, tampoco sé expresarme.

-Le resulta muy difícil vivir en París, ¿verdad? ¿Desplazarse?

-Cuando se tiene lengua, se puede ir a Roma.

-¿Cómo se las arregla?

-Hay que preguntar mucho, y pensar. Pero, sabe usted, reconocemos muy deprisa, más deprisa que los demás. Somos como los ciegos, vaya, tenemos rincones donde nos orientamos. Luego se pregunta.

-¿Mucho?

-Diez veces más o menos para hacer un viaje a París, cuando dejo Romainville. Están los nombres de los metros, y uno se equivoca, hay que volver atrás, volver a preguntar, luego el nombre de las calles, de las tiendas, lo números.

-¿Los números?

-Sí, yo no sé leerlos. Lo sé contar muy bien en mi cabeza para mi paga y mis compras, pero no lo sé leer.

-¿Nunca dice usted que no sabe leer?

-Nunca. Siempre digo lo mismo, que he olvidado las gafas.

-¿Alguna vez se ve obligada a decirlo?

-Alguna vez sí, para las firmas, en la fábrica, en el Ayuntamiento. Pero fíjese, siempre me pongo colorada, cuando tengo que decirlo. Si usted estuviera en mi caso como otros, lo comprendería.

-¿Y para su trabajo?

-En el contrato, no lo digo. Cada vez pruebo suerte. En general funciona, excepto cuando hay las fichas de horas que hay que rellenar todas las tardes. Aparte de eso, finjo.

-¿En todas partes?

-En todas partes, en el trabajo, en las tiendas, finjo mirar las básculas, las etiquetas. También tengo miedo de que me roben, de que me engañen, desconfío siempre.

-¿Le crea dificultades incluso en su trabajo?

-Sé todos los colores de todas las marcas de productos que utilizo. Cuando quiero cambiar de marca, una compañera me acompaña. Luego, me acuerdo de los colores de la nueva marca. Tenemos mucha memoria, nosotros.

-¿Cuáles son sus distracciones, el cine?

-No. El cine, no lo comprendo. Va demasiado deprisa, no comprendo cómo hablan. Y, sobre todo, hay demasiadas escrituras que bajan. La gente lee letras. Luego, ya están emocionados o contentos, mientras que yo no entiendo nada. Voy al teatro.

-¿Por qué al teatro?

-Da tiempo a escuchar. Las personas dicen todo lo que hacen. No hay nada escrito. Hablan lentamente, Comprendo un poco.

-¿A parte de esto?

-Me gusta el campo, los deportes para ver. No soy más toda que otra, pero al no saber leer, se es como un niño.

-¿Le molesta la gente que hablador la radio, por ejemplo?

-Sí, lo mismo que en el cine. La gente utiliza palabras que están en los libros. Si no estoy acostumbrada a esta gente ni a estas palabras, luego hay que explicarme lo que dicen con mis palabras.

-¿Olvida usted alguna vez que no sabe leer?

-No, pienso en ello siempre tan pronto como estoy fuera. Es cansado, hacer perder tiempo. Con tal de que no se note, esto es lo que uno piensa todo el tiempo. Se tiene miedo siempre.

-¿Cómo?

-No sabría cómo contárselo. Me parece que esto debe verse, no es posible.

(Marguerite Duras – France-Observateur 1957)

19/11/2006 GMT 1

LAS FLORES DEL ARGELINO

odradek @ 21:42

Es domingo por la mañana, las diez, en el cruce de las calles Jacob y Bonaparte, en el barrio de Saint-Germain-des-Prés, hace diez días. Un joven que viene del mercado de Buci avanza hacia este cruce. Tiene veinte años, viste miserablemente, y empuja una carretilla llena de flores: es un joven argelino, que vende flores a escondidas, como vive. Avanza hacia el cruce Jacob-Bonaparte, menos vigilado que el mercado, y se detiene allí, aunque bastante inquieto.

Tiene razón. No hace aún diez minutos que está allí –no ha tenido tiempo de vender ni un solo ramo- cuando dos señores “de civil” se le acercan. Vienen de la calle Bonaparte. Van a la caza. Nariz al viento, husmeando el aire de este hermoso domingo soleado, prometedor de irregularidades, como otras especies, el perdigón, van directo hacia la presa.

¿Papeles?

No tiene papeles de autorización para entregarse al comercio de flores.

Así, pues, uno de los dos señores se acerca a la carretilla, desliza debajo su puño cerrado y –eh!, ¡qué fuerte es!- de un solo puñetazo vuelca todo el contenido. El cruce se inunda de las primeras flores de la primavera (argelina).

Ni Eisenstein, ni nadie, están ahí, para captar la imagen de las flores por el suelo que mira el joven argelino de veinte años, escoltado a uno y otro lado por los representantes del orden francés. Los primeros coches que transitan por allí, y esto no puede impedirse, evitan destrozar las flores, esquivándolas instintivamente mediante un rodeo.

Nadie en la calle, excepto, sí, una mujer, una sola:

-¡Bravo!, señores –exclama-. Ven ustedes, si se hiciera eso cada vez, nos libraríamos pronto de esta chusma. ¡Bravo!

Pero viene del mercado otra mujer, que iba tras ella, Mira, tanto las flores como al joven criminal que las vendía, y a la mujer jubilada, ya a los dos señores. Y sin decir palabra, se inclina, recoge unas flores, se acerca al joven argelino, y le paga. Después de ella, llega otra mujer, recoge y paga. Después de ésta, llegan otras cuatro mujeres, se inclinan, recogen y pagan. Quince mujeres. Siempre es silencio. Aquellos señores patalean. Pero ¿qué hacer? Esas flores están en venta y no se puede impedir que se quiera comprarlas.

Apenas han pasado diez minutos. No queda ni una sola flor por el suelo.

Después de esto, los citados señores pudieron llevarse al joven argelino al puesto de policía.

(Marguerite Duras – France-Observateur 1957)

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