LA PALABRA LILAS CASI TAN ALTA COMO ANCHA …
Germaine Roussel, 52 años, nacida en Amiens, obrera en una fábrica metalúrgica de la región parisina, vive en Romainville desde hace once años. No sabe leer, ni escribir. Se educó en la Asistencia pública, Lugo se colocó en casa de unos granjeros de Somme, y terminó obrera en una fábrica, madre de dos niños y sola para criarlos. Nunca tuvo “ocio” para recuperar el tiempo perdido. Hemos intentado vencer nuestra timidez ante Germaine Roussel para lograr que nos describa su universo o, si quiere, como ella mima lo llama, su enfermedad.
-¿Hay palabras que usted reconoce sin saber leer?
-Hay tres. Las palabras de las estaciones de metro que tomo todos los días: Lilas y Châtelet, y mi nombre de soltera: Roussel.
-¿Las reconocería usted entre muchas otras?
-Entre una veintena, creo que las reconocería.
-¿Cómo las ve usted, como dibujos?
-Digamos que sí, como dibujos. La palabra Lilas, es tan alta casi como ancha, es bonita. La palabra Châtelet, es demasiado alargada, me parece menos bonita. Es muy diferente a la vista de la palabra Lilas.
-Cuando se ha encontrado usted intentado aprender a leer, ¿le ha parecido difícil?
-No puede usted hacerse una idea. Es algo terrible.
-¿Por qué principalmente?
-No lo sé muy bien. Quizá porque es tan… pequeño. Perdóneme usted, es natural, tampoco sé expresarme.
-Le resulta muy difícil vivir en París, ¿verdad? ¿Desplazarse?
-Cuando se tiene lengua, se puede ir a Roma.
-¿Cómo se las arregla?
-Hay que preguntar mucho, y pensar. Pero, sabe usted, reconocemos muy deprisa, más deprisa que los demás. Somos como los ciegos, vaya, tenemos rincones donde nos orientamos. Luego se pregunta.
-¿Mucho?
-Diez veces más o menos para hacer un viaje a París, cuando dejo Romainville. Están los nombres de los metros, y uno se equivoca, hay que volver atrás, volver a preguntar, luego el nombre de las calles, de las tiendas, lo números.
-¿Los números?
-Sí, yo no sé leerlos. Lo sé contar muy bien en mi cabeza para mi paga y mis compras, pero no lo sé leer.
-¿Nunca dice usted que no sabe leer?
-Nunca. Siempre digo lo mismo, que he olvidado las gafas.
-¿Alguna vez se ve obligada a decirlo?
-Alguna vez sí, para las firmas, en la fábrica, en el Ayuntamiento. Pero fíjese, siempre me pongo colorada, cuando tengo que decirlo. Si usted estuviera en mi caso como otros, lo comprendería.
-¿Y para su trabajo?
-En el contrato, no lo digo. Cada vez pruebo suerte. En general funciona, excepto cuando hay las fichas de horas que hay que rellenar todas las tardes. Aparte de eso, finjo.
-¿En todas partes?
-En todas partes, en el trabajo, en las tiendas, finjo mirar las básculas, las etiquetas. También tengo miedo de que me roben, de que me engañen, desconfío siempre.
-¿Le crea dificultades incluso en su trabajo?
-Sé todos los colores de todas las marcas de productos que utilizo. Cuando quiero cambiar de marca, una compañera me acompaña. Luego, me acuerdo de los colores de la nueva marca. Tenemos mucha memoria, nosotros.
-¿Cuáles son sus distracciones, el cine?
-No. El cine, no lo comprendo. Va demasiado deprisa, no comprendo cómo hablan. Y, sobre todo, hay demasiadas escrituras que bajan. La gente lee letras. Luego, ya están emocionados o contentos, mientras que yo no entiendo nada. Voy al teatro.
-¿Por qué al teatro?
-Da tiempo a escuchar. Las personas dicen todo lo que hacen. No hay nada escrito. Hablan lentamente, Comprendo un poco.
-¿A parte de esto?
-Me gusta el campo, los deportes para ver. No soy más toda que otra, pero al no saber leer, se es como un niño.
-¿Le molesta la gente que hablador la radio, por ejemplo?
-Sí, lo mismo que en el cine. La gente utiliza palabras que están en los libros. Si no estoy acostumbrada a esta gente ni a estas palabras, luego hay que explicarme lo que dicen con mis palabras.
-¿Olvida usted alguna vez que no sabe leer?
-No, pienso en ello siempre tan pronto como estoy fuera. Es cansado, hacer perder tiempo. Con tal de que no se note, esto es lo que uno piensa todo el tiempo. Se tiene miedo siempre.
-¿Cómo?
-No sabría cómo contárselo. Me parece que esto debe verse, no es posible.
(Marguerite Duras – France-Observateur 1957)

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